Son alrededor de las 10.30 AM. En el tren que va desde José C. Paz hasta Retiro, se viaja apretado. Los pocos que a estas horas lo han tomado por cuestiones laborales, dan por sentado que tienen ganado el derecho de manifestar su mal humor. Apuntan sus bolsas llenas de carpetas contra la retaguardia. Las infiltran entre las piernas. Punzan con algún objeto no identificado, las costillas del que está enfrente. En sus miradas sin pausa, se tradude lo que piensan como un código morse que pestañea una y otra vez lo mismo: ustedes son detestables, ustedes son detestables…
Mara intenta no entrar en las malas vibraciones. Se esconde subiendo el volumen del ipod donde Jim Morrison canta: la raza humana estaba muriendo… tal vez no sea el mejor tema para usar de refugio. Cambia a That´s Amore de Dean Martin. Eso está mejor. Bajo un hombre de ojos achinados, que baña su cabeza con bocanadas de aire provenientes de los restos más remotos de su estómago, Mara desea casi con desesperación poder sentarse. Pero eso no va a ocurrir, muchas madres e hijos en polars de colores sucios, que moquean, ríen y desprenden restos papas fritas de sus bocas, están antes que ella.
A empellones, los vendedores ambulantes apartan gente. De pronto, una mano zombie con un fajo de calcomanías de Disney, intenta arrancarle la nariz. Por suerte, otra mano con un puñado de monedas, la tranquiliza y la mano zombie emprende la retirada.
Beeeeee, Beeeee, beeeee!
¿Cuánto más podrá resistir la mano inocente o demasiado culpable está haciendo berrear a una oveja de peluche? Mara cierra los ojos y desea que no por mucho tiempo, por el bien de todos.
El llanto agudo de un niño y el bamboleo constante del vagón, desprenden, de algún bajo vientre no identificado, un olor que se expande. El aire se enrarece. Muchos comienzan a girar su cabeza o la esconden dentro de la ropa como una tortuga. Otro saca medio cuerpo afuera, hacia la seguridad del estribo.
Cuando el tren se detiene en Puente Pacífico, una adrenalina contenida se apodera de todos. El empujar se torna malicioso, van a la carga a puño cerrado. El andén se agota pronto. Una humanidad constante se mueve sin cesar. Línea tras línea de nucas y cabezas, globos, caramelos y niños, muñecos por encima y por debajo, consumen todo el espacio y el aire.
En las vacaciones de invierno en el siglo XXI, se cumple con la rigurosidad de un plan tácito, donde todos trabajan hasta agotarse de entretenimiento familiar y felicidad.
Al salir de la estación, algunos aún están dispuestos a seguir bajando hasta las entrañas de la tierra. Por las escaleras del subte, un hombre araña es llevado a la rastra. Aprieta el cogote del muñeco, un niño que a su vez es llevado a la rastra por su madre. Al llegar a donde se venden los pasajes, una larga cola se desparrama con frenesí sobre las ventanillas. Mara agradece su previsión en silencio. Pasa por el lector la tarjeta de 10 viajes que en otro momento había dudado en comprar. Una vez en el andén, una voz amable, proveniente de una pantalla que cuelga del techo, pregunta, “¿Cuando su casa queda sola, está usted tranquilo?” Luego se escucha la rotura de un vidrio y una alarma.
Un tren llega gritando. La mitad del gentío lo aborda. Gracias a Dios, piensa Mara y se apoya sobre una columna. Le duele un poco la cabeza. Por un momento no recuerda qué es lo que está haciendo allí. Hacia dónde se dirige o por qué se dirige, son preguntas que saltan como spam indeseable en su cabeza. ¿Qué puede hacer? Entonces recuerda que tiene que llegar a la estación Aguero antes de las 11:20. Eso es un hecho y ella siplemente no se atreve a cuestionar lo único que parece tener sentido en esa lejana realidad.
Inesperadamente, una ebullición de gritos la hace incorporarse de un salto. A un metro de distancia, un puesto de las mil maravillas se encuentra rodeado por un grupo de niños que las reclama a graznidos. Y en ese momento, estalla la puja. La demanda por las revistas infantiles, las golosinas, las gaseosas es febril. ¡Compro! Un padre empuña unos chocolates en el aire. ¡Compro! Una madre arranca unos chicles del mostrador. ¡Quiero eso! un niño reclama. Es como estar en un mercado en abrupta alza a la hora del cierre. Todos quieren compran antes de que sea demasiado tarde.
Clac… clac… clac
El sonido viene de un extemo del puesto de las mil maravillas.
Clac… clac… clac
Mara da la vuelta para ver de qué se trata. Un ciego, de ojos hundidos embiste mansamente con su bastón a la cara sonriente que promociona chicle “Beldent” y frescura instantánea.
Acercándose al ciego con cautela, Mara pregunta –¿A dónde quiere ir? ¿Necesita ayuda?
El ciego la ignora. Sigue embistiendo el anuncio como cumpliendo con una misión.
Tal vez no oye, se dice Mara y lo toma del brazo. Con una leve presión intenta alejarlo del cartel, disuadirlo.
–Disculpe señor, ¿puedo ayudarlo? –repite Mara en voz un poco más alta.
Pero el ciego continúa embistiendo el cartel con una fe rítmica. Mara se aparta unos pasos y lo observa. Con un paquete de carilinas en una mano y el bastón en la otra, el ciego arremete una y otra vez contra el afiche iluminado y sonriente.
¿Y si el ciego de ojos hundidos supiera lo que está haciendo? ¿Si comprendiera cabalmente cuál es el sentido de su extraño acto? Nadie más allí parece tener idea de qué diablos está haciendo. Ella misma no ha tenido el suficiente coraje de preguntárselo a fondo.
Clac, clac, clac
El ciego parece determinado. Algunas otras cabezas comienzan a mirar. Para cuando llega el tren, Mara está convencida de que es mejor dejar que lo siga intentando.
Al cerrarse las puertas del vagón que la llevará a la estación Aguero antes de las 11.20, puede ver que el cartel iluminado y sonriente de chicles “Beldent”, comienza a titilar.